Friday, April 23, 2010






En esta caída
entre praderas irracionales
hemos sido capaces
de caminar más allá
del bello púbico primario
y sortear la brisa
de dicha caída
para refugiarnos en lo simple
de estas hojas en la piel
que se aferran fuerte al océano
que expectante agita las olas
al vernos caer.

Y nunca digas que la espalda
está vacía de ti
porque en ella me refugio
y te refugio
cuando la caída traspasa
praderas irracionales
y el largo silencio
se hace patente en forma de sueño.

No nos queda más que escribir
y convertir esta caída en lo que ha sido siempre
felicidad.


EXTENUADO DE LA MEMORIA, CANSADO DE LA EXTRAÑEZA QUE PARASITA EN EL TIEMPO DE LOS RELOJES. EN UN UNIVERSO PARALELO CORRE EL TIEMPO DE LA SANGRE.

Tuesday, October 27, 2009

Un cambio de pezuñas en el rostro del agua
Nadie entiende el buscarle el seno sobre el ropaje de otra
O no poderle entregar la leche abierta en una palabra
Significa ahora la muerte un sermón atochado entre manos
Mirar el otro barro pero hoy acá en este piso encerado de sangre blanca
Nunca termina el parto de finalizar el comienzo de su cabeza
Hasta la delgadez atronante de su contorno repetido en dimensiones
Pedirle vivir con el gesto de su bebé enterrada contra el pecho del que mana
Qué significa la arteria en que el recuerdo era ya la soga de este ahorcamiento
Arreglar los relojes para la carne no significa lo que su boca apretada sobre los racimos
Y la noche de travestirse en desfigura de madre para que no muera del mismo cáncer
Porque supongamos que arrasa la luz y deja relámpago de dos pezones como ojos de ardilla
El rito es en la tierra de despertar solo con ella no siendo
Primo no tengo forma de traspasar los laberintos
Me devoraría tus ojos para que no continúe esa imagen del derroche
Piensa que es mentira el mundo
Un inocente resonar de úteros
Un cambio de piel de cabra a mariposa ilusa raptada para siempre
Esta es la danza que rompe los cuerpos furiosos que la ejecutan
Resta arrastrar y arrastrarnos en las joyas por nuestra inutilidad de respirar tanto
Fue mucho el pensar vivir más éxtasis otorgando nombres al agua puesta a parir
O malentendimos la dirección
O mala música tocamos con las herramientas
O no era agua lo que tragamos
Primo llénala del cielo que hablas
Vístela de las hojas puestas en el tartamudeo del dios a dormir para ti como sea
Como sea en el sentido de lo último que sobre ella es embarazo abierto
Hija repetida en la luz
No sé más

Saturday, September 19, 2009







Vivimos en crisis, y tal vez nos parezca interesante hacerlo. Además, también nos sentimos culpables por ello, como si no tuviéramos que estar en crisis. Como si fuéramos tan sabios, tan capaces, tan bondadosos, tan razonables, que la crisis debiera ser en todo momento impensable. Es sin duda este "debiera", este "tuviera", lo que hace a nuestra era tan interesante que de ningún modo puede ser una época de sabiduría, ni siquiera de razón. Creemos saber lo que debiéramos estar haciendo, y nos vemos mover, con la inexorable premeditación de una máquina descompuesta, haciendo lo opuesto. ¡Un fenómeno tan absorbente que no podemos dejar de observar, medir, discutir, analizar, y quizás deplorar! Pero la cosa continúa. Y, como dijo Cristo sobre Jerusalén, no conocemos las cosas que hacen a nuestra paz. Estamos viviendo en la mayor revolución de la historia, un enorme cataclismo espontáneo de la especie humana íntegra: no la revolución planificada y llevada a cabo por algún partido, raza o nación particular, sino un profundo y elemental hervor desbordante de todas las contradicciones internas que siempre habitaron al hombre, una revelación de las fuerzas caóticas dentro de cada cual. No es algo que hayamos elegido, ni es algo que podamos eludir. Esta revolución es una profunda crisis espiritual del mundo entero, manifestada vastamente con desesperación, cinismo, violencia, conflicto, auto-contradicción, ambivalencia, temor y esperanza, duda y creencia, creación y destructividad, progreso y regresión, apego obsesivo a imágenes, ídolos, slogans, programas que embotan la angustia general sólo por un momento hasta que estalla por doquier de un modo más agudo y terrorífico ¡No sabemos si estamos construyendo un mundo fabulosamente maravilloso o destruyendo todo lo que teníamos, todo lo que habíamos logrado!. Toda la fuerza interna del hombre está hirviendo y estallando, lo bueno junto con lo malo, lo bueno emponzoñado por lo malo y combatiéndolo, lo malo simulando ser bueno y manifestándose con los crímenes más espantosos, justificados y racionalizados mediante las intenciones más puras e inocentes. El hombre está preparado para convertirse en un dios, y en cambio a veces luce como un zombie. Y así tememos reconocer nuestro kairos [*] y aceptarlo. Esta época manifiesta en nosotros una distorsión básica, una arraigada falta de armonía moral contra la cual leyes, sermones, filosofías, autoridad, inspiración, creatividad y hasta aparentemente el mismo amor parecerían no tener poder alguno. Por el contrario, si en su desesperada esperanza, el hombre se vuelve a todas estas cosas, ellas parecen dejarlo más vacío, más frustrado, más angustiado que antes. Nuestra enfermedad es la enfermedad del amor desordenado, del amor propio que simultáneamente se da cuenta que es odio propio e instantáneamente se vuelve fuente de destructividad indiscriminada, universal. Es la otra cara de la moneda que era corriente en el siglo XIX: la creencia en el progreso indefinido, en la suprema bondad del hombre y de todos sus apetitos. Lo que en Norteamérica se toma por optimismo, aún optimismo cristiano, es la indefectible esperanza de que las actitudes de los siglos XVIII y XIX pueden seguir siendo válidas sólo mediante la decisión de sonreír, aún cuando el mundo entero se esté cayendo a pedazos. Nuestras sonrisas son los síntomas de la enfermedad. Estamos viviendo bajo una tiranía de la falsedad que se afirma en el poder y establece un control más total sobre los hombres a medida que estos se autoconvencen de que están resistiendo el error. Nuestra sumisión a las mentiras plausibles y pragmáticas nos enreda en más grandes y obvias contradicciones, y para ocultárnoslas a nosotros mismos necesitamos más grandes y siempre menos plausibles mentiras. La falsedad básica está constituida por la mentira de que estamos completamente dedicados a la verdad, y de que podemos estar dedicados a la verdad de un modo que es al mismo tiempo honesto y exclusivo: que tenemos el monopolio absoluto de la verdad absoluta, así como nuestro adversario ocasional tiene el monopolio absoluto del error. Luego nos autoconvencemos de no podremos preservar nuestra pureza de visión ni nuestra sinceridad interior si entramos en diálogos con el enemigo, pues él nos corromperá con su error. Finalmente, creemos que no puede preservarse la verdad a menos que destruyamos al enemigo -porque, como lo hemos identificado con el error, destruirlo es destruir el error. El adversario, por supuesto, tiene sobre nosotros exactamente la misma política básica por la cual defiende la "verdad". Él nos ha identificado con la deshonestidad, la insinceridad y la falsedad. Piensa que si nosotros somos destruidos, no quedará en pie otra cosa que la verdad. Si persiguiéramos realmente la verdad, comenzaríamos lenta y trabajosamente a despojarnos, una por una, de todas nuestras envolturas de ficción y engaño: o al menos deberíamos desear hacerlo, pues las meras ganas no nos capacitan para lograrlo. Por el contrario, el que mejor puede señalar nuestro error y ayudarnos a verlo es el adversario que queremos destruir. Y esta es quizás la razón por la cual queremos destruirlo. Del mismo modo, nosotros podemos ayudarlo a ver su error, y esa es la razón por la que él busca destruirnos. (...) La crisis del actual momento histórico es la crisis de la civilización occidental: más precisamente de la civilización europea, la civilización que fue fundada sobre la cultura grecorromana del Mediterráneo, y vigorizada por la gradual incorporación de los invasores bárbaros dentro de la cultura religiosa judeo-romano-cristiana del decaído Imperio Romano. Yo nací dentro de esta crisis. Mi vida entera ha sido modelada por esta crisis. ¡En esta crisis se consumirá mi vida, aunque, espero, no sin sentido! (...) He aquí un aserto de Mahatma Gandhi que sintetiza clara y concisamente toda la doctrina de la no violencia: "El camino de la paz es el camino de la verdad". "La veracidad es aún más importante que la paz. Por cierto que la mentira es la madre de la violencia. Un hombre veraz no puede permanecer por mucho tiempo siendo violento. En el curso de su búsqueda él percibirá que no necesita ser violento, y descubrirá además que, mientras exista en él la menor traza de violencia, fracasará en hallar la verdad que está buscando". ¿Por qué no creemos esto inmediatamente? ¿Por qué lo ponemos en duda? ¿Por qué parece imposible? Simplemente porque todos somos, de algún modo, mentirosos. La madre de todas las demás mentiras es la mentira que persistimos en decirnos a nosotros mismos, acerca de nosotros mismos. Y ya que no nos mentimos en forma suficientemente descarada como para creernos nuestras propias mentiras individualmente, unificamos todas nuestras mentiras y las creemos porque se han convertido en la gran mentira proferida por la vox populi, y este tipo de mentira la aceptamos como la última verdad. "Un hombre veraz no puede permanecer por mucho tiempo siendo violento". Pero un hombre violento no puede iniciar la búsqueda de la verdad. De entrada nomás, él quiere haberse asegurado de que su enemigo es violento y de que él mismo es pacífico. Ya que entonces su violencia está justificada. ¿Cómo puede enfrentar la desconsoladora tarea de entrar a reconocer el gran mal que hay dentro suyo y que necesita ser curado? Es mucho más fácil enmendar las cosas viendo el mal de uno encarnado en un chivo emisario, y destruir el chivo y mal juntos. Gandhi no quiere decir que debamos aguardar volvernos no violentos por el deseo de serlo. Sino que todo aquel que se percata oscuramente de su necesidad de verdad debería buscarla por medio de la no violencia, puesto que realmente no existe otro medio. Podrán no tener un éxito total. Sus éxitos podrán ser en realidad muy escasos. Pero por una pequeña cantidad de buena voluntad comenzarán a acceder a la verdad, y por medio de ellos habrá al menos una pequeña verdad en la oscuridad de un mundo violento. Esta idea de Gandhi no puede ser, sin embargo, entendida si no recordamos su optimismo básico respecto de la naturaleza humana. Él creía que en las ocultas profundidades de nuestro ser, profundidades que se hallan demasiado a menudo aisladas de nuestro modo consciente e inmoral de vida, somos más verdaderamente no violentos que violentos. Él creía que para nosotros el amor es más natural que el odio. Que "la Verdad es la ley de nuestro ser". Si esto no fuese así, entonces "mentir" no sería la "madre de la violencia". La mentira introduce violencia y desorden en nuestra propia naturaleza. Nos divide contra nosotros mismos, nos aliena de nosotros mismos, nos hace enemigos de nosotros mismos y de la verdad que está en nosotros. De esta división es que surge el odio y la violencia. Odiamos a los demás porque no podemos soportar el desorden, la intolerable división que hay en nosotros. Somos violentos con los demás porque ya estamos divididos por la violencia interior de nuestra infidelidad a nuestra propia verdad. El odio proyecta esta división fuera nuestro, en la sociedad. (...)

[*] (N.d.E.) Tenemos una sola palabra para el "tiempo". Los griegos tenían dos: chronos y kairos. Chronos es el tiempo del reloj, el tiempo que se mide. Kairos no es el tiempo cuantitativo sino el tiempo cualitativo de la ocasión. Todos experimentamos en nuestras vidas la sensación de que llegó el momento adecuado para hacer algo, que estamos maduros, que podemos tomar una decisión determinada.


Thomas Merton monje trapense, poeta y pensador norteamericano (1915-1968).

Friday, September 18, 2009



Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua
cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como a un niño perdido
que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que se nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a la sombras los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

Roque Dalton



Dear Leonard. To look life in the face, always, to look life in the face and to know it for what it is. At last to know it, to love it for what it is, and then, to put it away. Leonard, always the years between us, always the years. Always the love. Always the hours.

Virginia Woolf



"28 de Marzo de 1941

Querido,

Me siento segura de estar nuevamente enloqueciendo. Creo que no podemos atravesar otro de estos terribles períodos. No voy a reponerme esta vez. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor hacer. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todas las formas todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta que apareció esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bondadoso. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. Nada queda en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destruyendo tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido."

Virginia Wolf, horas antes del suicidio.



No mover el paisaje masculino de la rota refracción
No incorporar la ceguera al día enfermo en que los ahorcados bajaron de sus cuerdas
No rajar la silueta doble de tu cuerpo
Ni permitir que la sed se replete de panales y huesos
El rayo raquítico tropieza con la locura terrestre de tus rocas
Se dividen los regazos en pájaros que se abren dentro de las llamas
Y una hermana salida del sueño pernocta sobre un perro astillado de volantines


Te suelto de mi puñado hacia las rompientes:
Primeras luces, pumas blancos, genitales hundidos en lo azul.
Te suelto del ahogo hacia las piernas:
Dilato el ojo, alargo los vestidos a tu mano húmeda,
Entierro alas. Quiero decir tiempo en el muslo,
Objeto liviano que destrenza y anuda: saliva celeste.

Monday, July 20, 2009




desaparecemos siempre en el aparecer de nuestras figuras



Escarnecido, aclimatado al bien, mórbido, hurente,
doblo el cabo carnal y juego a copas,
donde acaban en moscas los destinos,
donde comí y bebí de lo que me hunde.


César Vallejo




te quiero como quien junta lluvia para lavar las heridas de su madre muerta
como el forastero que vislumbra en la leña la figura de unos brazos
como los perros que ven en el relámpago la presencia definitiva de la salvación
como el ebrio que recuerda la fragancia húmeda de su cuna y se acerca a la botella pensando que es el pezón que lo alimenta y lo destina a la resurrección
te quiero como quien adormece a las mariposas para colorearles las alas
te quiero como la madre que llama al hijo muerto y se tiende bajo su cama y teje para él el último pantalón
te quiero como el sonar de una campana en un lugar donde todos los cuerpos desaparecieron por el precipicio del hartazgo y la bienaventuranza
te quiero como quien abre las jaulas a los ángeles
te quiero como las palomas cuando se huelen sobre los techos plateados
te quiero como a la planta que es regada por una anciana cinco minutos antes de morir
y cuando tu cuerpo se abre a la trágica sonrisa del mundo eres dentro mío un cielo que no sabe de lluvias porque hay un sol que te puebla cuando mueves tu lengua como pronunciando el lenguaje que hemos aprendido en el agua del precipicio
tu mano es el tatuaje por donde un duende pronuncia el ruido del hambre cuando el hambre es esta boca que rehace tu cuello y lo transforma en sismo

Tuesday, June 02, 2009




Hegel percibe con extraordinaria penetración la gran y trágica paradoja que funda al amor: “los amantes no pueden separarse sino en la medida en que son mortales o cuando reflexionan sobre la posibilidad de morir”. En efecto, la muerte es la fuerza de gravedad del amor. El impulso amoroso nos arranca de la tierra y del aquí; la conciencia de la muerte nos hace volver: somos mortales, estamos hechos de tierra y tenemos que volver a ella. Me atrevo a decir algo más. El amor es vida plena, unida a sí misma: lo contrario de la separación. En la sensación del abrazo carnal, la unión de la pareja se hace sentimiento y éste, a su vez, se transforma en conciencia: el amor es el descubrimiento de la unidad de la vida. En ese instante, la unidad compacta se rompe en dos y el tiempo reaparece: es un gran hoyo que nos traga. La doble faz de la sexualidad reaparece en el amor: el sentimiento intenso de la vida es indistinguible del sentimiento no menos poderoso de la extinción del apetito vital, la subida es caída y la extrema tensión, distensión. Así pues, la fusión total implica la aceptación de la muerte. Sin la muerte, la vida –la nuestra, la terrestre- no es vida. El amor no vence a la muerte pero la integra en la vida. La muerte de la persona querida confirma nuestra condena: somos tiempo, nada dura y vivir es un continuo separarse; al mismo tiempo, en la muerte cesan el tiempo y la separación: regresamos a la indistinción del principio, a ese estado que entrevemos en la cópula carnal. El amor es un regreso a la muerte, al lugar de la reunión.

“La llama doble” (fragmento), Octavio Paz


Vendrán maremotos, portales inacabados rebasarán, hoy homenajeo la trituración de la luz, la diáspora inusitada del eco y la resurrección azul de los vulnerables. Débiles desearán subir a nuestros labios que nadan y se enfermarán por el abrazo terrestre, por la lúbrica columna que sostiene nuestras bóvedas. Creo en la forma futura de un feto inmenso, en el hijo de la saliva material adorando las fragancias del barro, se cumplirá la mano que te ama, se abrirá el cuero y un maremoto de olas tuyas repletará mi puñado de sesos calientes. Toda tu piel está preñada de música y pecíolos.

Saturday, May 23, 2009





"Es muy posible desear morir porque se ama demasiado la vida"
María Luisa Bombal, "La Última Niebla"


En la niebla aterrizan tus miembros como con alas, se interrumpe la ilación de todas las formas y un chasquido te penetra, como si un bebé se devolviera a tu carne. Hablo y rompo esferas formidables de caderas idénticas, el camino es desandado por una luna reflejada en los ojos del muerto, tu vientre es una plaza pública donde los perros reflejan sus hocicos en el agua de las piletas. En la niebla un alimento azul se aceca a tu boca, atora sus dientes y resplandece umbilical por sobre tu estatura de espejo y sonido. Estalla el oído en el reguero de manos que piden pan. Queremos darles de comer. Está destripada la luz.